viernes 28 de octubre de 2011

La instrucción.01

Se establecieron las líneas de combate—yo las acepté,
había ido a eso, a aprender las artes de la guerra.
Cogí mi lápiz y me arrodillé a tomar notas.
Al principio, sólo eso nos estaba permitido.
Había que escuchar a los oráculos—pero nadie debía llamarse a engaño:
nuestro trabajo consistiría, más adelante,
cuando nuestra piel tuviera la dureza de la piedra,
en cortar la cabeza del oráculo
y ocupar su puesto.

Los mandamientos a observar eran:

No debes hablar durante el periodo de instrucción. Quien no sabe nada, no puede decir nada.
No relates qué confuso pensamiento te llevó a decir lo que dijiste. La defensa es imposible.
Da las gracias siempre que el oráculo se digne a dejarte hablar.
Da las gracias cuando el oráculo se ría tras dejarte hablar—eso significa que te ha prestado atención.
No intentes fingir que sabes lo que no sabes, porque todo lo sabe el oráculo—éste es el peor pecado.
Pero si algo lo sabes con certeza, baja a la arena y lucha—al oráculo no le gustan los cobardes.
Recoge el guante que te lancen tus iguales—la paridad es imposible.
No recojas el guante que te lance un superior—a menos que puedas destruirle.
No recojas el guante que tus inferiores te lancen—sería ponerlos a tu nivel.
Sirve la mesa de tus superiores y recoge sus migajas. Algún día les robarás el puesto.
Si el oráculo se digna a pedirte algo, dáselo siempre, porque él te da todo su saber.
Tu vida consiste en aprender del oráculo.
No tienes otro sueño que ocupar el puesto del oráculo.

1 comentarios:

  1. Debe ser desesperante aguantar oráculos necios durante tanto tiempo, pero es el precio por haber nacido lúcido en un mundo en el que todo se paga. ¡Que venga pronto Edipo y se cargue a la Esfinge!

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