martes 12 de julio de 2011

La revelación de Cuervo

Esta intentona de cuento nace de un conato de plagio. Quería yo aprender a usar la causticidad y el nihilismo de Ted Hughes en su ciclo "El Cuervo" y, para eso, pensé, qué mejor que ponerse a imitar. Los versos surgieron en inglés. Pensé que era mejor traducirlos al castellano ya que quienes quiero que me lean lo hacen en este idioma. Sonaban horrorosamente mal. Tenía razón Gil de Biedma cuando decía algo así como que el castellano carece de la musicalidad del inglés. Una musicalidad que permite abordar ciertos temas y adoptar ciertos tonos poéticamente. Así que decidí escribir esos versos en prosa. Tirando del hilo salió lo siguiente. (Ya, ya, lo sé, excusatio non petita, etc. etc.).

Un día que Cuervo revoloteaba por un descampado vio por primera vez en su vida una máquina tragaperras. Atraído por sus luces multicolores, pulsó una tecla y la máquina vomitó una montaña de monedas de oro. “¡Vaya, qué suerte!”, graznó. Inmediatamente pulsó otra tecla y la máquina volvió a escupir otro aluvión de monedas. Cuervo pulso otras diez, cien, mil veces las teclas—o lo que a Cuervo le pareció un tiempo deliciosamente infinito—y otras tantas montañas de dinero arrojó la máquina. Entonces concluyó muy contento: “Me lo merezco”. Insistió una vez más, pero la máquina solo cambió de color. Cuervo se sobresaltó. “He hecho algo mal”. Volvió a pulsar otra tecla. La máquina seguía sin lanzar ni una moneda. “Debe haber algún motivo que desconozco”. Revoloteó a su alrededor para ver si la máquina había lanzado las monedas en otra dirección, pero no vio nada. Después de pensar mucho, decidió que era una forma de castigo. Había sido demasiado avaricioso. Intentó seguir su vida como si la máquina tragaperras no existiera pero, cada día, mientras recontaba las monedas que había ganado, le reconcomía la duda. “¿No obtendré más respuesta?” Cuervo se sentía mal, “como si me hubieran expulsado de un paraíso”, se lamentaba. El silencio de la máquina le pesaba como una losa y hasta le parecía que buscarse el sustento diario le costaba más que antes.

Cuervo comenzó a hablar con la máquina. Le pedía dinero. De vez en cuando pulsaba una tecla. Nada. Al no saber con qué nombre invocarla y negarse ésta a responder, Cuervo dedujo que no debía conocer su nombre y se refería a ella como Laquees. Decidió que era mejor pedirle dinero sólo un día a la semana, al que llamó Pedir. También pensó que quizás el obstinado silencio de Laquees se debía a que ésta desaprobaba algo de su comportamiento. Una contemplación cuidadosa le convenció de que, cuando se le iluminaba la luz verde, Laquees estaba contenta de verle, mientras que un destello de la luz roja era señal de que le disgustaba su conducta. Reflexionó sobre ello largamente y escribió un decálogo de aplicación a su vida diaria, al que llamó Laley. Confiaba en que, si cumplía Laley con la necesaria diligencia, Laquees volvería a mostrarle su favor concediéndole una nueva montaña de monedas.

Cuervo se sentía muy orgulloso de sí mismo y de su conocimiento o, como él decía, La Revelación. Tan contento estaba que se animó a escribir su historia y entonces se le ocurrió una idea fantástica: Tenía que comunicárselo al resto de los animales. Al primero al que le dio la buena nueva fue a un periquito que se había escapado de su jaula y vagaba sin rumbo. La charla de Cuervo le aturdía pero las luces de la máquina tragaperras le resultaban atrayentes. Dijo: “¡Dame un besito Currrito bonito!”, que es lo que le decía su dueña cuando estaba contenta, al tiempo que pulsaba una tecla de la máquina. Acto seguido la máquina arrojó la montaña de dinero más grande que Cuervo había visto hasta la fecha. Se quedó sin aliento. A su entender, o el periquito conocía el verdadero nombre de Laquees y ésta le había mostrado el favor que a Cuervo le negaba—en cuyo caso debía redoblar sus esfuerzos para hacerse merecedor de la gracia de Laquees—, o Laquees concedía sus dones al azar. No podía ser. Entonces se le ocurrió una tercera posibilidad. El periquito era un embaucador que quería hacerle dudar de su Revelación y, de paso, robarle su dinero. Así que, furibundo, le lanzó un picotazo con tanta fuerza que le partió el cráneo. Al comprobar que el periquito estaba muerto, Cuervo comprendió que había superado con éxito su primera prueba y que el montón de dinero que le había robado al periquito era la recompensa merecida por su fidelidad a Laquees.

Tras la prueba del periquito, Cuervo se encontró con un águila a la que, diligentemente, le contó su Revelación. El águila miró a Cuervo con altivez y a la máquina con recelo. Le lanzó a esta última un picotazo porque le inquietaban las luces tras el cual la máquina, casi con desmayo, fue arrojando su caudal de monedas. Cuervo miró el montón de dinero y al águila con avaricia y terror. Evaluó rápidamente la situación. Por su tamaño y su fuerza, el águila no podía ser otra cosa más que la enviada de Laquees. Cuervo inclinó la cabeza en señal de respeto y le mostró la fortuna que tenía guardada. El águila le miró con desdén, le empujó a un lado con un soberbio aletazo y le dejó sin una sola moneda. Cuervo dio gracias a Laquees por la lección recibida y por haber salvado el cuello.

Desde entonces Cuervo se dedicó a predicar la buena nueva entre los animales más pequeños que él. Aunque la máquina tragaperras nunca más volvió a dar dinero, a Cuervo no le importó. Un uso liberal de picotazos y amenazas hizo que los animales convertidos al credo de Laquees le proveyeran de todo lo que pudiera desear. Y así fue como Cuervo, gracias a La Revelación, fue creciendo en sabiduría, temor de dios y riqueza.

De "Fábulas morales", libro futuro.

2 comentarios:

  1. Ja,ja. Anda que....Es lo que tienen las máquinas tragaperras, que atraen a cada pájaro... Oye, te echaba de menos. Por un momento pensé que te habías olvidado del blog.
    Un beso dicotomizado para ambas señoras; Doña Epicúrea y Doña loca de Buenver

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  2. Gracias, Silvestre, ya me estaba sentando mal tanta lejanía de la escritura, tenía alucinaciones y sólo veía cotizaciones en Bolsa y primas de riesgo; este antídoto me ha sentado muy bien.

    Besos concentrados,
    E.

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